Visita al valle de Tobalina: Garoña ya es historia

santa maría de garoña central

El valle de Tobalina mira hacia el futuro

 

Cerca de 600 trabajadores afrontan la clausura de la planta con la inquietud de perder su empleo, mientras vecinos y hosteleros respiran aliviados

  • «El sonido de las sirenas, los helicópteros y la gran presencia de cuerpos de seguridad te helaban la sangre»
  • «Faltan carreteras de más de dos carriles, contadores geiger y servicios de megafonía»

 

JUDITH ROMERO

SANTA MARÍA DE GAROÑA. Los vecinos del valle de Tobalina tuvieron un único tema de conversación durante la jornada de ayer, pero el ambiente que se respiraba en la región estaba lejos de ser festivo. La división entre quienes han hecho de las tareas de limpieza y mantenimiento de la central de Santa María de Garoña su modo de vida y los agricultores y hosteleros que miraron a la instalación nuclear con temor durante décadas se hizo notar en bares y calles. Tras la sorpresa inicial, los cerca de mil habitantes del municipio vivieron la noticia del cierre definitivo de la central entre la esperanza por un futuro mejor y el escepticismo. «Mientras a unos les ha dado de comer durante décadas, la central no ha supuesto más que problemas para otros», señala Juan Hervás, exalcalde de Garoña. Originario de Barakaldo, aún contempla la chimenea de la central desde su casa familiar cuando tiene ocasión. «No nos enfrentamos con nadie porque los trabajadores necesitan sustento y es comprensible que se aferren a su puesto», aclara sin dejar de hacer referencia a las «graves carencias» de la zona más cercana al complejo.

Nada haría pensar al visitante que, tras los caminos rurales y los idílicos campos de girasoles, una pequeña caseta con la inscripción ‘Punto de reunión. Plan municipal de emergencia nuclear’ actúa como refugio temporal en caso de alarma. Hervás recuerda las ocasiones en las que visitó el interior de la central como regidor. «Hay conejos y pavos reales paseando por sus jardines, todos los puntos de control están duplicados ante lo que pudiera pasar… pero las carreteras de las aldeas cercanas no están bien asfaltadas y desconocemos cómo actuar en caso de emergencia», subraya. Hervás no olvida los simulacros de evacuación llevados a cabo en Santa María hace quince años. «Sabíamos que era mentira, pero el sonido de la sirena y la presencia de tantos helicópteros y fuerzas de seguridad te helaba la sangre», confiesa. Una vez reagrupados, los vecinos se resguardaban en la casa del antiguo maestro del pueblo, una edificación sin ningún tipo de protección adicional en la que encontraron pastillas de yoduro de potasio y contadores geiger con los que medir la radiación. «Nos dejaron marchar a última hora de la tarde, pero no sabemos qué pasos tendríamos que dar en caso de una emergencia real», relata.

Aunque todos estaban al tanto de las negociaciones entre Endesa e Iberdrola, los veraneantes que ocupaban las casas de Montejo de Cebas, Barcina del Barco, Quintana María y Quintana Martín Galíndez descartaban posicionarse acerca del futuro de la región. «Quienes se acercan hasta aquí lo hacen porque tienen algún familiar o no se han enterado de que tenemos una central, la gente huye en cuanto se percata de su cercanía», señala Herrán.

Las casas no se venden
Este vecino de Frías convive con algunos de los trabajadores subcontratados por Nuclenor para las tareas de limpieza y mantenimiento, pero no duda en apoyar el movimiento antinuclear del pueblo. «Los ingenieros viven en Miranda de Ebro y Medina de Pomar, donde construyeron sus pisos, pero quienes permanecemos aquí vivimos de la labranza y la central nos ha hecho un
flaco favor», añade. Los bares apenas reciben visitas de los empleados, que regresan a la ciudad al final de su turno. Las casas vacacionales no se venden. «Nadie quiere invertir sus ahorros en un entorno cercano a una nuclear», destacan los vecinos de Montejo de Cebas.

«Es posible que el cierre afecte a empresas de transportes y de válvulas y a ingenieros que han desarrollado aquí toda su vida profesional, pero la central no nos ha aportado nada económicamente y nos ha dividido socialmente», sostiene Herrán, quien lamenta que los accesos a los pueblos ni siquiera permitan circular a dos coches en el mismo sentido de forma simultánea. Los trabajadores de la central residentes en el valle, habituados a la incertidumbre laboral desde 2012, escuchaban los debates de sus vecinos en completo silencio.

En el centro cultural de Montejo de Cebas, Pilar García hacía esfuerzos para encontrar las pastillas de yoduro que deben repartirse entre la población si se da una alerta. «No existe ningún tipo de control sobre estos suplementos. Se guardan en estos puntos de reunión, pero ni siquiera contamos con un servicio de megafonía para ponernos en marcha en caso de emergencia», protesta la vocal de la entidad. Cristina, vecina de San Miguel, es consciente de la ausencia de un plan de actuación, pero se resiste a dejar de visitar el valle de Tobalina en vacaciones. «¿Y qué si tengo aquí una propiedad? La única diferencia es que, si tenemos que cerrar el ojo, yo lo haré primero», se resigna. La idea de que hoteles y establecimientos viviesen de la actividad relacionada con la central nunca estuvo en la mente de Consuelo Aliende cuando decidió ponerse al frente de uno de los hostales de Montejo. «Han jugado con la estabilidad laboral de las personas y la seguridad de la zona. No es posible decirle a un turista que va a dormir junto a una central nuclear ni animarle a participar en un simulacro», afirma.

Buzos, últimos huéspedes
Los buzos encargados del mantenimiento de las rejillas de refrigeración son los únicos trabajadores que se han hospedado en sus siete habitaciones en los últimos tiempos. «Los alcaldes de la Asociación de Municipios de Áreas con Centrales Nucleares solían venir, pero dejaron de hacerlo cuando me posicioné contra la central», asegura. Los habitantes del valle son conscientes de que, aunque el gigante duerme desde 2012, deberán convivir con su esqueleto y los residuos radiactivos que permanecen en su interior. No confían en la descontaminación total a la que ayer hicieron referencia Endesa e Iberdrola. «Este es un cambio menor. El cierre definitivo no implica nada distinto a que la central entrara en parada hace cinco años», valoran Javier y Amaia, quienes disfrutan de sus vacaciones en Quintana Martín Galíndez. Alfredo, natural de Tobalina, atribuye la situación al revuelo mediático que se ha vivido en el resto de país. «Se han vertido opiniones y celebrado manifestaciones sin tener en cuenta el daño que ha hecho la central al valle», advierte.

Mientras unos mantienen la esperanza de que el desmantelamiento genere puestos de trabajo, otras voces tienen muy presente el Programa de Ayudas para Actuaciones de Reindustrialización que nunca llegó a desarrollarse en el entorno de Garoña. «La Junta de Castilla y León tenía que haber promovido un plan de empleo alternativo hace mucho tiempo», clama Pilar. La creación de un parque natural o la construcción de los balnearios paralizados en Montejo son otras salidas con las que sueñan los vecinos para las cerca de 600 personas que podrían perder su empleo con el cierre del complejo nuclear. «La central mató el futuro del valle hace mucho tiempo», suspiran los familiares de sus trabajadores.

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